Una pequeña reflexión sobre objetivos y actividades.

pensar

Un trimestre recién estrenado es un momento perfecto para hacer un pequeño alto en el camino y reflexionar un poco sobre nuestra práctica educativa. Cuando comenzamos cada curso solemos poner mucha ilusión en preparar la clase, los materiales, las actividades, las programaciones… ay… las programaciones… esas que a veces tanto trabajo nos cuesta concretar…

La programación es la mayor herramienta de la que disponemos en la intervención ya que ella es la guía que nos va a marcar el rumbo de todas las actuaciones pedagógicas que realicemos, es por eso que debemos esmerarnos especialmente en su elaboración. Una programación debe partir SIEMPRE de una evaluación previa que nos permita situar a la persona en cada una de las áreas definidas y saber qué habilidades y capacidades presenta. Cuando tenemos claro el punto en el que se encuentra es cuando añadimos el conocimiento que tenemos de sus necesidades, de su entorno familiar y social, de su historia de aprendizaje, de sus perspectivas de futuro… todos estos factores (y alguno más) nos van a permitir establecer cuales deben ser las prioridades en la intervención, es decir, dónde debemos poner el acento con cada alumno en concreto.

Una vez tenemos situado el nivel de la persona y claras las prioridades es cuando nos marcamos objetivos concretos, cuando plasmamos sobre el papel lo que pretendemos que el alumno o la alumna consiga a lo largo del curso. En este punto hay que ser muy cuidadosos y definir los objetivos de forma concreta… cuanto más mejor, para así poder centrarnos realmente en lo que se pretende lograr y también poder realizar una posterior evaluación efectiva y ajustada a la realidad. No podemos perder de vista que una buena programación es la base de una buena evaluación final de curso.

Ya tenemos claros los objetivos y es el momento de definir cómo vamos a conseguirlos. Aquí es donde entran en juego las actividades y los materiales y justo aquí es donde solemos equivocarnos algunas veces… y es que en ocasiones, cuando llevamos estas actividades a la práctica puede suceder que nos centremos tanto en ellas que perdamos un poco de vista el objetivo y pongamos el acento en aspectos irrelevantes para su consecución. Una actividad puede enfocarse de muchas formas para conseguir diferentes objetivos al igual que con un mismo material podemos ofrecer diferentes consignas a un alumno. La exigencia que tengamos sobre él puede variar en función de lo que queramos conseguir y  es muy importante tenerlo en cuenta. Si estamos centrados en el objetivo y tenemos claro qué queremos conseguir del alumno tenemos que dar a las actividades el enfoque que más se adecue a este propósito. Sin embargo si ponemos el acento en la realización de la actividad sin más, o en el uso de un material de una forma convencional… puede que no estemos ofreciendo la mejor intervención.

Los objetivos han de estar SIEMPRE presentes y ser el motor en torno al cual gire todo lo demás. Por ello es especialmente positivo y necesario, una vez ha transcurrido un poco el curso, pararse a analizar la práctica diaria, las actividades que se realizan y ver si realmente las estamos aplicando de la manera más indicada para alcanzar las metas propuestas e introducir todos los cambios y mejoras que se consideren oportuno para poder seguir avanzando sin salirnos del camino establecido o establecer un nuevo camino que se adapte mejor a las necesidades de nuestro alumnado.

Para mí enero es momento de reflexionar sobre lo que se está haciendo para poder introducir mejoras que repercutan de manera positiva en los alumnos… ¿te animas a revisar tu práctica educativa?

Saludos y hasta dentro de unos días.

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